En mi artículo anterior comenté que los socialistas mantienen múltiples frentes
abiertos con la intención de conquistar el poder, la revolución siempre ha sido
el más apetecible por ser el más expedito, pero sí perciben que esta opción no
es viable apelan al artilugio retórico de la democracia directa; por cierto que este es otro elemento presente en el régimen soviético. En
esta estructura, como en toda organización humana el poder tarde o temprano
termina delegándose, es decir termina recayendo en las manos de una minoría y
no en cualquier minoría sino en la peor de las minorías. ¿Cómo sucede esto?
Bueno el típico proceder de la izquierda ha sido siempre tratar de capitalizar
sobre los descontentos sociales, sean estos reales o inducidos. Por ejemplo, en
la Venezuela de 1989, así como pasa actualmente en Chile, se comenzó
protestando por el alza del pasaje en una zona de la gran Caracas, y se terminó
en una sangrienta revuelta callejera con un saldo fatídico de muertos, heridos, cientos de locales comerciales saqueados y militares en la calle. Tres
años más tarde en 1992 un grupo de militares rebeldes intentaría dos veces dar
un golpe de Estado; luego un año más tarde en 1993 el tribunal supremo de justicia
destituía al presidente electo de su cargo por malversación de fondos. En medio
de aquella crisis la izquierda carnívora, que nunca había renunciado a sus
pretensiones de llevar a cabo en el país una revolución a la cubana, capitalizó
aquel descontento y se propuso la idea de convocar a una asamblea nacional
constituyente con el fin de cambiar la constitución, dizque para refundar la
república. De allí en adelante la asamblea -el soviet de la URSS- se convertiría
en el espacio de discusión ciudadana para el ejercicio de la “democracia
directa”.
En
medio del furor revolucionario aquellos entusiastas reformistas, esos que desean
cambiar las cosas ¡Ya! con la excusa de: ¡Es que esto no aguanta más!, se enrolan en
cuanta asamblea se convoque, pero sucede que el furor es una de esas emociones
que tiene un ciclo vital, en el génesis de este ciclo cuando las pasiones
encendidas están en su cenit, la gente asiste voluntariamente a estas asambleas
con la convicción de que estos espacios son un verdadero instrumento para el
ejercicio de la "democracia directa". "El poder es del pueblo" afirman los demagogos y recitan los desinformados.
Pasado el furor inicial la gente descubre que tiene
otros intereses en su vida más allá de la política: trabajan, estudian, tienen
pasatiempos o familias que atender; por lo cual la asistencia a estas convocatorias disminuye significativamente. Pero resulta que los partidos cuentan
con operadores políticos en todas las comunidades; este tipo de personaje por
lo general recibe financiamiento del partido para movilizar gente que
terminara convirtiéndose en votos para dichas organizaciones. Así funciona la
maquinaria electoral partidista, pero el profano inadvertido nada sabe de esto, y es inútil advertirlo en medio del su éxtasis revolucionario.
En esas asambleas ciudadanas los operadores políticos se van ganando
primero la simpatía y posteriormente la lealtad de aquellos pocos que siguen
asistiendo a las convocatorias, a estas alturas muchas de esas lealtades se han
conseguido mediante un favor del partido patrocinante: una silla de ruedas para un
familiar, una operación para un enfermo, unos balones de fútbol para los niños
de la comunidad, o cualquier prebenda que actúe como forma de sebo para
conquistar esa lealtad.
Pronto
esos representantes o delegados comienzan a manejar a su antojo las agendas
dentro de esas asambleas, que no son otra cosa que los lineamientos que les
baja el partido, y los asiduos asistentes terminan recompensando a esos delegados
con su aprobación en todo cuanto se discute. De allí en más la asamblea deja de ser un espacio de discusión
abierta para convertirse en un espacio de activismo en favor de las ideas y los
candidatos del partido financista.
A
estas alturas el profano clase media estúpida que veía con buenos ojos
establecer este tipo de asambleas participativas, está desentendido de lo que
ocurre a su alrededor, ignora que desde allí se está fraguando su ruina;
mientras la clase pobre permanece hechizada con las migajas que recibe de los
demagogos, la clase media permanece inadvertida del daño inminente, porque es esta
la primera que sufre los embates de las políticas redistributivas e
igualitaristas de la izquierda criminal.
Lamentablemente
la clase media latinoamericana es la más proclive a dejarse seducir por el
discurso demagogo igualitarista de la izquierda; izquierda que termina
capitalizando su estupidez para instaurar sus tiranías criminales y
empobrecedoras. La clase media, que en otrora lideraba los grandes cambios
sociales, hoy se ha convertido en una masa inerte manipulable al antojo de los
demagogos y los tiranos; con su incapacidad terminan arrastrando a las clases
pobres al abismo indeseable del socialismo. Son una paradoja porque aspiran a una
vida de riquezas materiales como los ricos, pero a su vez obran de una forma que termina
atentando contra sus aspiraciones.
No
son las clases pobres las que están arrastrando a Latinoamérica a esta
barbarie, sino la clase media, la estúpida clase media seducida por el discurso
igualitarista del progresismo.

